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sábado, 19 de marzo de 2011

El último beso a papá

Hace 23 años, un día 29 de marzo a las 8:35 de la mañana, llegaba al colegio, como todos los días, y vi a mi a papá recibiendo a los niños, pues era el inspector del colegio. Conversaba con José Manuel Parada, sociólogo de la Vicaría de Solidaridad, antiguo camarada de la época de la Jota, y apoderado del colegio.

Llegué y nos saludamos de beso. Me llevó un momento a un lado y me contó que habían secuestrado a un grupo de profesores de su asociación gremial, la AGECH, de la cual era dirigente, y que los aprehensores habían preguntado por él. Me quedé atónito mirándolo. Tenía catorce años pero eso ya era edad suficiente como para tener la lógica mínima de que si te buscan, estábamos en pleno estado de sitio, escóndete, ándate del país, qué haces aquí a las puertas de este colegio, a plena luz del día, te van tomar!!!!

Se lo planteé, y él, muy pausado y mirando con una ternura infinita a los ojos, me tomó las manos y me dijo que no, que éste era su trabajo, éste era su país, que él ya se había ido una vez y no lo volvería a hacer, que su lugar era junto al pueblo y su lucha para terminar con la dictadura.

Le di un beso y me fui a clases. Mi sala daba las espaldas a la calle. A las 8:50, oímos un helicóptero descender casi al techo del colegio. Nos miramos todos extrañados. Luego un freno de
un auto, griterío de voces masculinas que denotaban forcejeo, un balazo y silencio. Tomé el brazo del compañero de banco y le dije: "mi papá". Él me miró sorprendido, pero preocupado a la vez. Fui muy categórico.

Inmediatamente entra Carmen Leiva a la sala, que era miembro del Centro de Alumnos, con los ojos en lágrima y tirándose los dedos de las manos. Le pedía permiso al profesor para hablar con Manuel Guerrero. Yo me paré de inmediato y le dije: " se llevaron a mi papá". Asintió con la cabeza y se puso llorar.

Salí de la sala y me fui directo al baño. Me hablé a mi mismo preguntándome qué haría papá en una situación como ésta. Salí corriendo a inspectoría, pedí el teléfono y llamé a Sergio Campos, amigo de mi padre, que era locutor de Radio Cooperativa, muy escuchado en Chile. Me puso al aire y denuncié que sujetos desconocidos, probablemente de la CNI, habían secuestrado a mi padre junto a José Manuel Parada, y que temía por sus vidas. Llamé a que la ciudadanía se movilizara de inmediato para exigir a las autoridades su búsqueda y liberación.

Salí de inspectoría y fui a la calle a ver qué es lo que había sucedido exactamente. Había una confusión enorme en el colegio. Cuando se los llevaron había un curso completo que en ese momento estaba en clases de educación física y se encontraba trotando alrededor de la manzana. Muchos de ellos vieron el plagio.

Ahí me enteré que el tránsito había sido interrumpido, minutos antes del rapto, por Carabineros, motorizados y a pie, y que se reanudó apenas se habían llevado a mi padre con José Manuel. Que el helicóptero también era de Carabineros de Chile. Que al tío Leo lo habían baleado y que un profe se lo había llevado a la clínica. Que Marcela, una compañera de segundo medio del colegio, intentó quitarles a los raptores a mi padre, que alcanzó a tomarle la mano, pero los otros era más fuertes. Que el Pelluco, uno de los dueños del colegio fue encañonado y amenazado, por lo que él, pálido, probablemente para proteger a los niños, cerró la reja del colegio, dejando a mi padre y José Manuel peleando solos con sus raptores en la calle, y que ahí llegó corriendo el Leo, que casi recupera a mi padre que no paraba de gritar, son de la CNI!, ayuda!, nos quieren secuestrar!

Me paré en la calle y me bajó la sensación que todo esto ya lo había vivido. Le pedí a Cristóbal, un compañero y amigo de la Jota del colegio, que me sacara de ahí, que yo tenía un papel que cumplir, que no podía pasarme nada. Cuando nos fuimos a casa de Cristóbal había llegado la policía de investigaciones de Chile junto a Carabineros para preguntar qué había pasado... Me irritó el cinismo de nuestras instituciones de Orden y Seguridad y traté de pensar a qué lugar se llevaban a papá en ese momento...

En casa de Cristóbal conversamos qué podíamos hacer. Era todo confuso, me faltaban elementos, papá sabía lo que estaba ocurriendo, en qué debía fijarme y acordarme para entender con qué y quiénes estábamos tratando... Yo mismo no tenía clara cuál era la función de papá en el Partido, conocía su labor de dirigente público, pero debía haber algo más, pues sino por qué tanto recurso del Estado comprometido para tomarlo... Me faltó edad, experiencia, y claro, papá realizaba una actividad con mucho sigilo que sólo con el tiempo pude ir reconfigurando. Ahí estaba la verdadera clave de su secuestro y posterior degollamiento. Su caso fue utilizado para atormentar a toda la sociedad, de ello no cabe ninguna duda. Pero no era sólo eso, había un odio particular hacia él, desde el año mismo año 76...

A fines de 1984, la peridiodista Mónica González de la revista Cauce, de oposición al régimen, había sido contactada por Andrés Valenzuela, alias "El Papudo", ex agente del Comando Conjunto, quien se encontraba sometido a profundos remordimientos por sus acciones pasadas y valientemente dio el paso a contar su verdad, a riesgo de que se supiera y fuera ultimado por sus propios ex colegas.

Mónica González se juntó con él y no podía dar crédito a todo lo que este hombre le relataba: detalles de las detenciones, torturas, ejecuciones y lugares donde habrían dejado los restos de muchos detenidos desaparecidos durante el año 1976, el mismo año en que el Comando Conjunto había tenido detenido desaparecido a mi padre. La periodista dándose cuenta de que se trataba de información extremadamente delicada, antes de su publicación decidió validar la misma, para lo cual contactó a José Manuel Parada, que a la sazón era el encargado de Documentación y Archivos de la Vicaría de la Solidaridad. En Chile habían muy pocas personas que como él manejaban casi toda la información acerca de los aparatos represivos, pues le llegaban a diario los testimonios de los luchadores sociales y sus familiares que habían sido apresados.

José Manuel, al conocer el carácter de la información y antes de entrar en su detalle, le sugirió a la periodista que había una persona, la única persona en realidad que contaba con toda su confianza y que podía triangular su propia experiencia de detención en manos del Comando Conjunto y lo que indicaba Valenzuela: mi padre. Con la venia de Mónica González, los tres se pusieron a analizar las largas horas de grabación del testimonio y mi padre con José Manuel no podían creer a lo que estaban accediendo: la estructura completa del Comando Conjunto, sus acciones, las fechas de detención de los militantes comunistas detenidos desaparecidos, los sitios en que fueron ultimados, los nombres y alias de los agentes de las distintas ramas de las fuerzas armadas y de civiles que participaban en el Comando. Mi padre, absolutamente impresionado, iba confirmando una a una las informaciones.

Estaban frente a una maravilla de información para aclarar muchos casos de violaciones a los derechos humanos, pero al mismo tiempo se dieron cuenta que sus vidas, como la del ex agente, corrían peligro. Por ello decidieron que la información se publicaría cuando Andrés Valenzuela estuviera a salvo fuera del país y cuando ellos mismos hubieran alcanzado a tomar las medidas de seguridad que evitaran su inminente captura. La decisión era presentar toda la información a los Tribunales de Justicia para que investigaran los hechos...

Los agentes del Comando Conjunto, ahora agrupados en un departamento de la Dirección de Comunicaciones de Carabineros, con domicilio en calle Dieciocho, en el mismo local de la "Firma", se pusieron en alerta y decidieron cortar literalmente el problema por la raíz: eliminar a José Manuel y mi padre. Y a eso fue a lo que se abocaron el 29 de marzo de 1985, el día que le dí el último beso a mi papá...


Escrito por Manuel Guerrero Antequera, hijo de Manuel Guerrero Ceballos.

Hay que despertarse siempre construyendo un fantástico y delirante horizonte

Me pidieron que dijera algo hoy y acepté con ganas, y entonces llevo toda la semana pensando que decir, como pararme aquí e inventar algunas palabras que contengan algo de sentido.

Al principio se me ocurrió escribirle una carta imaginaria a mi viejo, un carta que le contara sobre estos extraños días, una carta que hablara de dolor, de ausencia, de vida, de esperanza, que hablara de orgullo, de reivindicaciones y luchas imposibles.

Quería leer palabras que hablaran con sinceridad de nuestras arrogancias y egoísmos, de nuestros miedos e ingenuidades. Pensaba leerle una carta que pudiera resumir sinceramente estos largos años.

Pero me di cuenta de que era una carta imposible y entonces en tan profunda imposibilidad comencé a pensar en estos años de ausencia, en la rabia, en el odio contenido, quise contarles que todavía no perdono la monstruosidad, ni la barbarie.

Nuestra herida esta abierta, ha sido imposible cerrarla, no queremos cerrarla y de vez en cuando sangra y arde y duele y uno la mira y no queda otra que aprender a vivir con ella. Es por esto que todavía no entiendo como fue posible la tortura, la muerte a la salida de los colegios, el miedo empapando todas las esquinas, como fue posible que la expresión impudorosa del terror dominara este país durante tantos años, que todavía no entiendo como lo hicimos para sobrevivir fuertes al infierno.

Me pregunto de adonde sacamos fuerza para seguir levantándonos cada mañana.

Hoy me doy cuenta que hay experiencias que son verdaderamente inexpresables, que no tienen sonido, que no permiten la voz, que no hay palabras que sirvan para contarlas. Quizás sirva un grito, un solo grito desgarrador y eterno atrapado en la garganta.

Hay experiencias que se viven desde el abismo y la nebulosa.

Me acordé que los asesinos del José, Santiago y Manuel están presos. Y pensé que sí, que es verdad que ha servido, que hoy camino más tranquilo y alegre por las calles, y pensé que las cosas al final no han sido tan malas, he descubierto cosas increíbles, he recibido un legado envidiable de cada uno de las personas que me he ido encontrando durante estos largos años…

Y entonces pensé en Fernando el Papá de la Bárbara y en Fernando el Papá de la Estela, del Pablo, y la Licha y me acordé de Eduardo el otro abuelito de la Antonia, y pensé en Miguel Enríquez, en Allende, y en Víctor Jara y por supuesto que se me vinieron a la mente los Hermanos Vergara y Rodrigo Rojas y el viejo del Pablo, me acordé del papá del Beto, y del hermano de la Farha, del papá de la Farha, me acordé de los viejos del Vladimir, de la Viviana, , de la Waleska y el Luciano, de la Carito y la Moyenei, el del Rony, el de la Daniela, el del Jaime, el de Felipe, el del Iván, el de la Carolina, el de Juan Pablo, pensé en los hijos de la Sra. Ana, en el esposo de la Sola, el papá de Lorena, me acordé del Max y la Reinalda, pensé en el hijo de la payita, en la pareja de la Carmen, en el papá de la Michelle y en el viejo del Alfredo, en la Lumi y en el Dago, y se me vinieron a la mente todos y cada uno de los que nos dejaron entremedio de la lucha.

Y pensé que aunque la mayoría habían sido asesinados antes de que yo naciera, igual me daba la impresión de conocerlos, de que estaban vivos, tan vivos en cada uno de nosotros.

Y pensé que esos hermosos hombres y que esas hermosas mujeres nos habían regalado al ser humano, nos habían regalado la dignidad y el orgullo por nuestra gente. Que estos hermosos hombres y mujeres me enseñaron gran parte de las cosas que se de la vida, me enseñaron a caminar entremedio de este extraño mundo.

Es por esto que hoy más que nunca necesitamos seguir íntimamente recordando, y públicamente luchando por mejorar radicalmente y de una vez por todas las deficientes políticas de derechos humanos que hoy día existen.

Mientras no haya justicia la tarea va a estar inconclusa. Hay que derogar la ley de amnistía, hoy debemos presionar a los parlamentarios concertacionistas y a los jueces de las cortes para que de una vez por todas la justicia actué a cabalidad.

Estos Crímenes se produjeron bajo el alero del estado, y al no tener a los responsables individualizados y cumpliendo condenas, perversamente toda la sociedad chilena se vuelve en culpable de haber permitido la barbarie, cómplices silenciosos del genocidio.

Yo creo que a pesar de que estamos fuertes y más enteros que nunca y pensé en nuestra eterna paciencia. Y entonces nos vi a todos tan distintos, nos vi alegres, con la mirada profunda, nos vi tan diferentes, hermosos, y pensé que a nuestros luchadores caídos les gustaría nuestra vehemencia. Pensé que les gustaría que algunos hoy sigan pensando en rebeldía y barricadas, y que haya otros que vivan por la danza, la música, el arte. No tengo duda de que estarían orgullosos de la explosión de vida que representamos, de la increíble fuerza que liberamos a cada paso.

A mi me enorgullece ser parte de esta historia, compartir mi mundo con ustedes, me enorgullece su presencia hoy, y me llena de energía para seguir tozudamente caminando. Me gusta la forma que tenemos de habitar esta tierra, llena de miles de preguntas y con tan pocas respuestas, me gusta cuando aceleramos el paso o cuando nos detenemos con nostalgia a mirar el horizonte.

Tuvimos la suerte de ser hijos de estos combatientes valientes, que dieron su vida por un chile más justo, por una vida más tierna y amable.

Somos hijos de aquellos que nos enseñaron que lo urgente no es vivir mucho, que lo que realmente importa es la intensidad con la que enfrentamos nuestras propias vidas.

Aprendimos que hay que salir siempre a navegar bondadosos y valientes por la inmensidad del mundo, buscando en cada esquina un sentido que nos entusiasme y nos alimente, que nos de la seguridad de salir a exigir lo que es nuestro.

Aprendimos que hay que despertarse siempre construyendo un fantástico y delirante horizonte.

Muchas Gracias.

Palabras de Juan José Parada, hijo de José Manuel Parada el 31 de marzo del 2007