martes, 15 de marzo de 2011

Estuve en el Latino y también el día de la tragedia

Yo había llegado al Latino proveniente del Instituto Hebreo del que había arrancado por pura rebeldía. No tenía idea casi nada del establecimiento fuera de que impartía un estilo de educación alternativa, que el uniforme casi no existía y otras vaguedades. Mi hermana Raquel que había metido hace unos pocos años a mi sobrina Nicole me hablaba maravillas de él y así luego de mi constante insistencia y en un arranque de debilidad de mi padre, terminé matriculado.

(...)

Un día en clases de matemáticas, con un profesor al que casi nadie en el curso le entendía nada, aunque se supone que era un gran erudito y académico universitario, sentimos un helicóptero que volaba rasante por el techo del colegio. Con mi compañero de banco comenzamos a jugar que le disparábamos en el aire, y hacíamos el gesto de levantar el arma y gritar “Pum”. El helicóptero pasaba insistentemente lo que nos parecía extraño pero no aminoraba nuestra actitud de tomarlo para la risa. Al rato se escuchan unos gritos desde la calle, nuestra sala estaba separada sólo de un estrecho patio de la avenida Los Leones. Los gritos eran intensos, acompañados de sonidos de pasos presuroso, luego se escuchó un disparo, la clase se detuvo en frió ese segundo, algunos compañeros trataron de salir pero el profesor no lo permitió, nadie entendía nada, el ambiente era tenso y confuso.

De pronto entró una niña del centro de alumnos a la sala, buscaba a Manuel nuestro compañero de curso hijo de Manuel Guerrero Ceballos, no se exactamente que se dijeron pero Manuel salió llorando o gritando. El profesor intentó seguir con la clase pero nadie lo seguía, era su compleja pero bien intencionada forma de calmarnos. Entre medio entró uno de los directores del colegio el Tío Pedro diciéndonos que estábamos pasando por un momento muy difícil y que debíamos tener mucho cuidado, que cuando saliéramos del colegio lo hiciéramos en grupo y no habláramos con nadie.

Había alumnos, profesores y apoderados llorando y gritando por todas partes, sonidos de pánico que venían de adentro y de afuera.

Había sido tangencialmente testigo de uno de los hechos más horrendos ocurridos durantes la dictadura y quizás de la historia de Chile. De la puerta del colegio habían secuestrado al profesor Manuel Guerrero al apoderado Jose Manuel Parada y habían disparado a Leopoldo Muñoz parvulario del colegio –único en Chile- que pasaba justo en ese instante e intento resistir el hecho.

Hoy 21 años después leí que habían edificado un monumento en honor de los tres profesionales degollados. Está representado por tres sillas vacías, que como Manuel Guerrero Antequera dijo, invitan a los niños de toda condición social y diversidad familiar que pasen por el camino al aeropuerto a preguntarles a sus padres que hacen esas sillas allí, y de esa manera ser un aliciente al “Nunca más”.

Es verdad yo no los conocí, pero muchos de mis amigos sí, no puedo compartir su dolor pero si el horror de saber y entender que jamás esas sillas debieron estar vacías.

Escrito por Johny Shats el 31 de marzo de 2006.

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