miércoles, 16 de marzo de 2011

Yo estaba en El Vergel esa mañana

Yo estaba en El Vergel esa mañana. Desde la sala de clases que estaba más cerca de la puerta frontal, oímos los disparos, el helicóptero... todavía recuerdo como nos miramos con Manuel, con ese entendimiento perfecto que tiene la gente que se ve todos los días, y cómo el dijo "mi papá" sin saber aún cosa alguna, pero sabiendo en el fondo todo, porque sabíamos que algo así podía pasar cualquier día.

Habíamos aprendido tácticas de evasión se segumientos, habíamos aprendido a hablar sin usar nuestros nombres, a comer papel y tantas otras cosas, pero no estábamos preparados para lo que pasó. No se puede estar preparado para que maten a tu papá o a tu profesor, que lo maten por pensar y por escribir, por querer que el mundo sea mejor. Y lo que pasa es que por último en la guerra, unos de los que haceres más estúpidos e inútiles de la humanidad, hay ciertas reglas, uno sabe qué esperar, y quién viste de soldado sabe que se está jugando la vida voluntariamente. Pero aquí no había guerra.

El papá de Manuel no iba de trinchera en trinchera ni lanzaba bombas, y ni siquiera lo promulgaba. Su trabajo era abrirle los ojos a sus alumnos, a nosotros, abrirnos el alma. Recuerdo por ejemplo, una clase que nos hizo donde nos enseñó lo que era y cómo se había originado la música Reggae, una música de protesta!

Así que de chicos aprendimos a tener miedo de que hasta la persona más inocente y maravillosa podía caer en manos del asesinato institucionalizado. Así y todo, ahí estuve, ahí me tocó, y por nada del mundo quisiera haber estado en otro lugar. Porque pude ir a la clínica a acompañar a Leo, porque pude abrazar a mi compañera del colegio que había forcejeado con los agentes que se llevaban a Manuel, que tal vez le salvó la vida a Leo con su presencia, pero que durante días no pudo hablar, y que cuando dormía despertaba gritando "Manuel dame tu mano". Ella tampoco estaba preparada. Ninguno lo estábamos.

Pero sobrevivimos para sentirlo, para contarlo y para tener más claro que lo que se había hecho era una horrible transgresión, y que de alguna manera la vida de cada uno de nosotros iba a contribuir para que algo así no pudiera pasar otra vez.

Cada uno, hemos buscado maneras de llevar eso a cabo, contando lo vivido, sensibilizando, trabajando de alguna manera por una sociedad más justa. Algunos formando hijos con valores claros, otros investigando acerca de las sociedad, o del alma de las personas, o escribiendo canciones.

No es fácil. Se necesita mucho más que poner velas una vez al año. Pero de a poco, con ese y otros ritos, vamos haciendo pequeños pasos que hacen la diferencia. Así que hoy fue un bien día, un lugar y momento del cual siento orgullo de ser parte, un ritual que me hace tenerle fe al ser humano, aún.

Aún.

Escrito por Ignacio Rodríguez el 30 de marzo de 2005.

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